Nueva aventura

Ya estamos en septiembre y ha dado comienzo «la vuelta al cole». Sin ganas, hemos dejado atrás las vacaciones y es el momento de volver a donde lo dejamos. Aunque en mi caso no es así. A la vez que digo adiós al verano digo adiós a una etapa de mi vida y comienzo una nueva en una ciudad diferente – la cuarta en 3 años. Así es, triste dejé Pamplona para instalarme en Colmenar Viejo, muy cerquita de la capital, donde comienzo de verdad mi vida laboral. Y este cambio, estos viajes, todo este tiempo fuera de casa me ha hecho reflexionar un poco.

Me diagnosticaron celiaquía en enero de 2012 cuando yo vivía aún en Valencia. Sin mucha dificultad me las apañé en casa para cambiar mi rutina e intentar evitar la contaminación cruzada con la comida de mis compañeros de piso. Con mis compañeros de máster tampoco tuve ningún problema a la hora de salir a cenar con ellos, pues entendían mi condición y no se oponían en calentarse un poco más la cabeza a la hora de buscar un sitio donde cenar.

Volví a casa en junio y mi madre ya lo tenía todo organizado. Ollas nuevas para hacer mi pasta y todo aquellos que fuera sin gluten, un armario a parte para evitar la contaminación y una tostadora nueva para mí. Además, pronto después llegaría mi panificadora.

Por otro lado mis amigos de aquí siempre fueron bastante considerados y solían dejarme elegir restaurante, aunque más de una vez me ha tocado cenar solo o cenar en casa e ir después. Y si en Valencia mis compañeros de máster se adaptaron bien, mucho mejor lo hicieron mis compañeros de universidad – y trabajo. Aunque a veces me llamaban «rarito», «glutémico» y algún apodo más desde el primer día hubo plena concienciación. Si salíamos de cena o comida insistían en que fuera yo el que eligiera el lugar, pues era el que más restaurantes aptos conocía. Si en vez de salir por ahí, comíamos en el departamento – bastante a menudo – siempre las pizzas del Telepizza eran al menos la mitad sin gluten. Para cumpleaños y eventos también montábamos un pequeño almuerzo o comida allí, y todo – o casi todo – lo que traían era siempre sin gluten para que yo no me quedara sin comer. Así que mi vuelta a casa fue todo un lujazo.

En enero de 2015 dejaba la protección del hogar y de lo conocido para adentrarme en una nueva aventura en Pamplona. Allí volvería a compartir piso con dos personas y llegaba a una universidad nueva para mí, con únicamente el apoyo de mi amiga María – ya os he hablado de ella en otras entradas – y de Ana, otra amiga que estudió conmigo la carrera y decidió moverse a Pamplona. Hugo y Guille – que así es como se llaman mis ahora ex-compañeros de piso – me ofrecieron el armario más apartado en la cocina para que no hubiera nada indeseoso rondando mi comida y además me cedieron la balda más alta en la nevera para que nada pudiese caer encima y contaminar. Pese a que Hugo me ha amenazado infinitas veces con llenarme mi cama de migas de pan, siempre ha tenido excesivo cuidado para que nunca me pasara nada.

Con mis nuevos compañeros de universidad fue todo rodado. Las veces que salimos de pintxos o a cenar por ahí siempre era a sitios donde yo pudiera comer algo, y en cuanto hubo un poco de confianza empezaron las bromas, encontrándome un día un cartel de «NO al trigo» en mi mesa. Allí es costumbre que cuando es el cumpleaños de alguien, se va lleva algo para el almuerzo para compartir entre todos, y en más de la mitad de las veces se acordaban de traer algo para mí y me sorprendían con una caja de magdalenas sin gluten, galletas e incluso bombones. No ha habido un día en el que no me haya sentido arropado, comprendido y respetado por ellos.

Mañana, día 15 de septiembre empiezo en un nuevo trabajo, en una nueva ciudad. Mis compañeros de piso ya me han dejado un armario para mí solo y que así no entre el gluten. En la nevera hay un poco más de caos pero poco a poco les iré concienciando y enseñando y dudo que vaya a haber mucho problema. De cara a mis compañeros de trabajo no me espero nada, ni bueno ni malo. Sé que me tocará «llegar a un entendimiento» con el cocinero – pues es la propia empresa la que nos pone la comida, pero todo eso ya se verá cuando llegue el momento.

Echo la vista atrás y soy consciente de la suerte que he tenido y que ha sido un lujo tener unos amigos y compañeros tan sensibles con el tema. Desde aquí quiero agradecéroslo a todos por el trato, la paciencia y el cuidado que habéis tenido conmigo.

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